¿Estoy haciendo trampa con esta publicación? Quizás. No estoy escribiendo mucho. Más bien, es una invitación para que hagas las maletas y viajes a una de las ciudades más icónicas del sureste de México. Amurallada y fortificada por los españoles en defensa contra ataques piratas, Campeche era una ciudad colonial compacta de forma hexagonal fundada en el siglo XVI. Iniciales de 250 años grabadas en piedra por soldados aburridos salpican las fortalezas. Hay fosos y puentes levadizos y celdas húmedas, las cosas de los cuentos de hadas medievales. Como puerto, lo que le da importancia a Campeche para la península, los piratas y los españoles tenían en la mira a esta bahía bañada por el sol. La ciudad está magníficamente conservada, los fuertes y la muralla están abiertos a los turistas, y al centro de la ciudad se le da mantenimiento meticuloso. Campeche es el hogar del pibipollo, queso relleno, escabeche, pan de cazón. El olor del mar inunda cada esquina de la calle y el aire bochornoso se escurre en gotas saladas por la espalda. Es un lugar de redes de pesca y marinas, colinas cubiertas de palmeras y calles empedradas bordeadas de marcos de puertas blancas y aldabas de latón. Es un choque de culturas. Una fusión del tiempo. Es Campeche

Pero oremos por esta hermosa ciudad. Hasta donde sepamos, lo único que le falta a Campeche es un grupo de creyentes que se congreguen solamente al nombre del Señor Jesucristo.

Hay una hermana en Carmen que creció cerca de esta ciudad capital. Su historia es de abandono, brujas y duendes, nadando con manatíes, idolatría y pobreza tan extrema que su café era agua hecha con tortillas quemadas.

¡Ojalá que Dios nos diera mil vidas para llegar a todos estos lugares! Pero una vida es todo lo que tenemos. Gastémonos y seamos desgastados, agotando nuestra vida en el placer de ver almas ganadas para el Salvador.